1. En ese marco había formadores.

Nuestros mentores.

            Mis recuerdos vuelan primero a los Maestros. El padre Benjamín García (recién ordenado entonces y ahora en el 2015 activo en la Parroquia del Espíritu Santo) nos dio latín y era nuestro Padre Espiritual junto con el padre Gregorio Alfaro y el padre Joaquín Madrigal que había sufrido una embolia; el padre Alfonso Chee Fimbres nos visitaba frecuentemente y nos animaba siempre al encontrarnos.

El padre Pedro Vera Olvera, Vice-rector no nos dio clases, pero nos predicaba; era maestro de los grandes. El padre Salvador Gómez Aguado nos dio matemáticas, el padre Miguel Valdés Sánches nos daba inglés.

El peso de las clases lo llevaban los Fréres: el Frére Máximo Gutiérrez, Reynoso, Curiel, González Antillón,  pero quien más nos estaba cercano era el Frére Manuel Romo (ahora Sacerdote en Ensenada), para nosotros el Frére Romito, por  su estatura. Hubo otros que no recuerdo en este momento.

Tenían su vida de comunidad religiosa y su adoración eucarística personal. Se turnaban para nunca dejarnos solos. Nunca faltaba uno de los Fréres en los actos de comunidad, siempre a nuestro lado para corregirnos y ayudarnos. Nos daba gusto oírlos cantar en su Adoración de Comunidad de Formadores.

Nuestros últimos dos años en el Menor.

            En lugar de los Fréres vinieron a ejercer el Magisterio los Seminaristas Mayores nuestros, diocesanos: les decíamos Padres, pero eran solamente Minoristas (tonsurados algunos nada más, otros con las Cuatro Órdenes Menores: Ostiarios, Exorcistas, Lectores y Acólitos): Félix Ruiz Sandoval, Alfonso Sánchez, Jesús Cabrera Tapia, Alejandro Vargas, Fortunato Almada, José Silva, Salvador Díaz Mercado y tal vez otro que no recuerdo.

Fue otra época más nuestra, sin embargo los Superiores siguieron siendo los Padres Misioneros del Espíritu Santo. Se preparaba el cambio de Vicariato Apostólico a Diócesis ya no dependiente de la Congregación De Propaganda Fide. Era natural que hubiera cambios.

Se llena el Seminario.

            El número de alumnos crecía (se mandaban cada año a Roma y a Montezuma, Nuevo México) y ya no había lugar, de manera que el Cuarto Año de Latín tuvo que mandarse a las instalaciones del Seminario Mayor al Cerro Colorado.

Sin embargo se preparaban los nubarrones de futuros torbellinos que acabaron con generaciones y generaciones de Sacerdotes y Seminaristas, algo general, en toda la Iglesia, en todo el mundo (lo que es consuelo de tontos por ser mal de muchos).

Unos pocos años más y ahí naufragará mi grupo y casi todos los grupos arriba y abajo, de manera que a varios nos cruzó después por la mente el mal pensamiento de que tal vez se apresuró un parto que debía haber sido natural y no cesáreo: “qui legit intelligat”.

  1. Un día ordinario.

Horarios.

Los años de 1959 a 1963 pasaron felices y veloces en la casa de Dios. Levantada a las cinco y media, aseo personal y de dormitorio en silencio estricto, Oraciones de la Mañana, Examen de Conciencia de Previsión para prever las ocasiones de quitarnos un defecto o adquirir una virtud, Meditación predicada por uno de los Fréres y algunas veces por alguno de los Padres (principal instrumento de nuestra formación), Santa Misa Tridentina dialogada en Latín con mucha participación, Acción de Gracias y Desayuno con Lectura Piadosa. En el mes de Mayo quienes habiendo hecho todo bien llegasen primeros a la Capilla recogían Estampitas de la Santísima Virgen.

A continuación Aseos de Casa con Inspector (Carlos Díaz, “el Chamuco”) que no nos toleraba cosas a medias. Seguía Estudio preparatorio, Clase y Deberes, o simplemente Clases toda la mañana con intermedios de cinco minutos.

Oraciones y lectura en comedor.

A las seis de la mañana, doce del día y seis de la tarde rezábamos el Ángelus en latín. Antes de comer teníamos la Visita al Santísimo y el Examen de Conciencia General y Particular de toda la mañana, para revisar lo planeado en el de Previsión en la mañana.

Salíamos en filas y en silencio, rezando interiormente y seguía la Comida con Lectura de Historia o de algún libro interesante que nos dejaba con ganas de que no se acabara: Julio Verne, Emilio Salgari, Manzoni, Figuras y Episodios de la Historia de México, etc.

En filas regresábamos rezando en voz alta el “Benedícite omnia ópera Domini Dómino” a la Capilla para cantar el Tantum Ergo y la Salve Regina.

Largas tardes bien empleadas.

            A continuación el Primer Recreo con deporte, aseos, estudio o clase y luego Segundo Recreo con deporte y baño. Estudio y Santo Rosario con el Santísimo expuesto solemnemente y con rato de Adoración en silencio mientras había Confesiones para quienes nos apuntábamos con el encargado que nos iba llamando en orden.

            Venía la Cena, también con lectura agradable y en silencio. La comida era de tropa, pero abundante y de vez en cuando con algún postre o pan dulce. Teníamos luego Recreo sin deporte en el Patio Interior y podíamos comprar golosinas: era cuando venía el Señor Obispo y los superiores.

Dormir temprano.

Al final Oraciones, Examen de Conciencia General y Particular, la Salve de Monserrat todos formados alrededor del Patio Central y Gran Silencio hasta después del Desayuno. Quien hablara en gran silencio tenía expulsión inmediata y hubo casos en que eso se cumplió. Solamente así se podía gobernar tal ejército y nosotros lo entendíamos como valor aceptado. Ahora lo entiendo mejor y lo apruebo. Dormíamos como lirones y no había relajo en dormitorios. Cuando lo hubo ya fue el final de todo, pero a mí no me tocó.

  1. Curso Previo y Tres años de Latín.

Los años de Latín.

            Para quienes ya habían decidido su vocación y no buscaban un apoyo para después salirse y emprender otra vida, para nosotros que desde que nacimos queríamos ser Sacerdotes, había felicidad. El equivalente de la Secundaria y Preparatoria que se daba en el Seminario en ese entonces superaba con creces cualquier programa oficial nuestro y extranjero.

Se estudiaba por convicción, con método y muchas horas, sin distracciones, en claustro y vida común con los maestros y catedráticos que vivían con nosotros, entre nosotros, con competencias y Lecturas de Notas que eran un acicate y no provocaban complejos (como la moderna pedagogía quiere hacer creer), sino animaban a superación.

Se llegó a hablar de una “Época de Oro”.

            Los resultados eran prometedores: se leía la Liturgia en latín y el Seminario Misional, que contaba con tan pocos sacerdotes iba agigantándose intelectualmente al cumplir su Jubileo de Plata: había número, orden, limpieza, silencio, puntualidad, obediencia, piedad, alegría.

Se cumplían las palabras del padre Francisco Javier Esparza que escribió para el Himno: “Del Seminario a la sombra generosa, temple de acero nuestra alma cobrará, y de cadete el corazón será una espada, que California a Cristo entregará: Praesto Sum sea nuestro lema, Praesto Sum sea nuestro ideal”.

            Al escuchar a mis antiguos compañeros y a muchos otros exalumnos que siempre hablan de esos años con una nostalgia profunda y con el corazón vibrante, a veces hecho pedazos, no puedo sino estar de acuerdo en que fueron años afortunados que objetivamente no se han repetido ya.

  1. La quinta casa.

El Seminario Mayor del Cerro Colorado.

Se escogió según la tradición eclesiástica en un lugar apartado (facilitado en parte por Don Agapito y su Esposa) en ese entonces fuera “del mundanal ruïdo” según Fray Luis de Granada, y se quiso construir el edificio en forma del debido Claustro, cuadrado con Patio Interno como siempre se había hecho para propiciar el recogimiento. No se terminó así.

Se hablaba de fraudes en la construcción en 1963 cuando nuestro grupo “pasó al Mayor”. El edificio no ha sufrido muchos cambios, pero sí añadiduras y el gran salón arriba del antiguo comedor que debía haber sido la biblioteca nunca lo fue.

En aquel entonces estábamos en medio del campo y subíamos el Cerro Colorado hasta corriendo. Mucho deporte y también Catecismo los Sábados por la tarde después de comer hasta la Hora Santa. Me tocó dar catecismo con el ahora Sr. Cura padre Pedro López y con Gabriel Alcántar en la Iglesia de la Colonia Buena Vista.

            Para entonces se había quitado ya la granja que llevó adelante por último el padre Iguíñiz de los Misioneros, quien también un tiempo fue Director del instituto Cuautlatóhuac frente al Seminario Menor.

  1. El Cuarto Año de Latín de 1959.

Algo anda mal.

De cerca de 46 compañeros que entramos ya éramos poco menos de la mitad. Eran otros los aires que soplaban. Nuestros superiores eran solamente dos: el padre Gustavo Machuca y el padre Salvador Carasa, ambos Misioneros del Espíritu Santo. El vicerrector era ya el padre Juan Manuel Gutiérrez, hermano mayor del padre Luis, mi párroco de Guadalupe (ahora Catedral).

Maestros fueron ahora sí el padre Gregorio Alfaro que nos daba Apologética y Griego, el sr. Palacios (abuelo del padre Armando Palacios Angulo) que nos daba inglés, un ingeniero que nos daba física y álgebra, el padre Salvador Carasa que nos daba Latín, el padre Juan Manuel Gutiérrez que nos daba Doctrina Espiritual y otros.

Se podía estudiar mucho si queríamos, pero ya la “carrilla” en nuestro grupo se estaba pasando de la raya, todo mundo “echaba relajo”. La disciplina desapareció y se avistaban tiempos peores.

Por salir un Jueves.

Fue ese año cuando Monseñor Galindo y Mendoza estaba convaleciente de otro ataque al corazón en el Hospital del Carmen. Un Jueves, día de salida opcional al centro, fuimos a verlo y después de bendecirnos, me pidió que me quedara solo con él para decirme que vinieran mis padres a verlo.

Me dijo que me iba a mandar a Filosofía a Roma. Le dije que mejor mandara a otro y me respondió que no me estaba preguntando, sino que llamara a mis papás, pero con un tono de padre amoroso como siempre fue con nosotros los seminaristas. Me dijo que no lo dijera a nadie y así lo hice. Pero fue un secreto a voces, pues todos de alguna manera al ver que me quedaba, intuyeron el asunto.

En el Colegio Urbano De Propaganda Fide.

El mes de Octubre 1964, con mis diecisiete años cumplidos, ya en Propaganda Fide  (cerca del ahora Mons. Eduardo Áckerman, Félix Ruiz, Quirino Casas y Jesús Cabrera Tapia y no muy lejos del P. Miguel Ángel Coronado) todo cambió: un año de disciplina antigua y once de terrible lucha postconciliar.

Con tristeza recibía noticias de las defecciones de los catorce compañeros que dejé en Tijuana. Al venir a mi Cantamisa en 1971 quedaba Enrique Rodríguez de Minorista y José Luis Barraza de Diácono. En Junio de 1976 a mi regreso definitivo no quedó nadie.

  1. Esperanza de externos e internos.

De los grupos que posteriormente desparecieron, algunos enteros, y de mi magisterio en el Seminario Mayor y Menor no tratamos aquí. Me abstengo de juicios de valor.

Deseo de corazón a Superiores, Maestros y Alumnos que puedan cumplir su misión según la voluntad de Cristo Sumo y Eterno Sacerdote para este pueblo, agobiado y cansado, a veces hastiado de mediocridad y maldad y que necesita Sacerdotes Santos y Sabios “que California a Cristo entregarán”, misión que no es nada fácil si se quiere hacer como se debe.

La numerosísima lista de exalumnos y exsacerdotes creo que comparten este criterio, algunos con justificada amargura: queremos formadores de héroes en ciencia y virtud, o todo o nada. ¡Dios los ayude!

Tijuana, Baja California a 28 de Octubre del 2015.

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