Monseñor Isidro Puente y sus recuerdos del Seminario Misional de Nuestra Señora de la Paz. Segunda parte.

6. Antes de dejar la familia.
Mis primos.
Tuve dos primos hermanos en el Seminario, uno de ellos ya había salido, Armando Estrada Ochoa y el más joven, Mario Leonardo. Mario me llevaba en edad un año y dos me aventajaba en estudios, pues venía del Colegio La Paz de Tijuana donde en sexto año enseñaban en aquel entonces las declinaciones y los casos del sustantivo, lo que constituía entre otras cosas el criterio para mandarnos a Primer Año de Latín o bien al Curso Previo. Yo entré a Previo y aun así creo que fui, si no el más chico, sí uno de los más chicos.
Mi primo fue el instrumento para que yo pudiera entrar al Seminario, pues nunca había sido yo acólito, aunque sí quise serlo en la Parroquia de Guadalupe, hoy catedral, de manera que no trataba con sacerdotes. Estuve siempre en Colegios franciscanos (el México de la colonia Altamira, el desaparecido Junípero Serra entre Revolución, Madero, Novena y Décima, y el Cristóbal Colón en la Independencia), en el Cuautlatóhuac y en los dos Abraham Castellanos.

Mi tío padre y mi hermano mayor.
Un hermano, el menor, de mi madre, el P. Ernesto (José Luis en religión) Ochoa Chapula, franciscano de la Provincia de Jalisco, era a la sazón Vicerrector del Seminario Menor Franciscano en San Agustín de Casillas, Jalisco, a donde mi hermano mayor, Jesús, junto con Odilón García (papá del Padre Andrés García) y otro joven Magaña de Colonia Vicente Guerrero, B.C. habían ingresado en 1958. Ninguno de los tres llegó a ser sacerdote y mi hermano regresó pocos meses después.
Yo quería ingresar ya desde los once años, pues desde niño quise ser sacerdote al ver a mi tío en su Cantamisa en Ensenada y al tener a mi primo Armando (vestido con su sotana de Seminarista) como padrino de mi Primera Comunión.
Al regresar mi hermano del Seminario de Jalisco, ya mis padres sintieron alguna pena en mandarme con los Franciscanos y teniendo a mis primos aquí en Tijuana en el Seminario, el padre de ellos, Don Armando Estrada García (esposo de la Sra. Myrna Rosario, hermana de mi madre) que conocía a muchos sacerdotes y servía de chofer a menudo al padre Gregorio Alfaro fue tan amable de hablar con los Superiores del Seminario y arreglar todo, de manera que sin que yo me entrevistara con ningún sacerdote fui llevado por él al Seminario.

La Señorita Adelita Aguilar Ávila.
La Acción Católica, fundada por 1937 en Mexicali por el Sr. Canónigo Manuel de Jesús Sánchez Ahumada (quien fue padrino de mi papá, casó a mis padres y me bautizó en Colima), y potenciada luego por el padre Máximo tenía una Sección Pro Seminario, que ayudaba a los seminaristas. La distinguida Señorita Adelita Aguilar Ávila por largos años ayudó recolectando dinero por todo Tijuana y a mí me tocó también esa ayuda desde mi ingreso hasta cinco años después de mi ordenación sacerdotal. Ella regaló sus casitas de la Colonia Cacho para el Seminario y murió santamente en el Asilo de Ancianos de San Vicente de Paul entre las Misioneras Marianas.

7. La llegada a Ensenada en 1959.
La bienvenida.
Los cursos del Seminario en aquel entonces terminaban el día de la Asunción de la Santísima Virgen, el 15 de Agosto. La víspera, día 14, se tenían los Juegos Deportivos de Azules y Blancos y el día quince era la Lectura de Notas Final y la Distribución de Premios. Ese año ya los Seminaristas iban a sus casas uno o dos días y luego todo mundo a vacaciones en Ensenada, de manera que cuando los de nuevo ingreso llegábamos, ya los antiguos tenían quince días esperándonos con todo lo necesario preparado.
Al llegar me recibieron muy bien, me asignaron un Seminarista de los grandes como Ángel de la Guarda, Huízar, quien me acompañó y me mostró mi casillero para dejar mi equipaje, mi cama, mi lugar en el comedor, en la capilla y luego me indicó lo que seguía como acto de comunidad. Recuerdo que todos estaban en la capilla ensayando el Kýrie de la Misa “Orbis Factor” y me causó una grata impresión.

La aceptación.
Enrique Magaña, de los más grandes, al verme en el patio con algo de frío y con la mano derecha dentro de mi chamarra inmediatamente me bautizó con el apodo (indispensables para cada uno, aunque teóricamente prohibidos) de Napoleón, cosa que no me desagradó del todo, comparándolo con otros futuros y de otros.
Me tocó dormir en la “casa del ahorcado” que estaba cruzando el campo de foot-ball y era de adobe, sin puertas y con una chimenea de ladrillo en el centro de dos alas donde estaban las literas. Dormí afortunadamente arriba de la primera entrando a mano derecha. Siempre había un Frére al pendiente de nosotros y daba sus vueltas por los dormitorios cuando ya estábamos dormidos. Recuerdo que había bomberos.

8. Fin de la casa de vacaciones en 1964.

Reuniones de ex alumnos.
Mi memoria conserva mucho (y más la de mis antiguos excompañeros que desde entonces se siguen reuniendo varias veces al año y no hablan de otra cosa) de las vacaciones de ese año y de otras cuatro que tuve la dicha de pasar con esos formidables grupos lamentablemente malogrados de jóvenes levitas llenos de esperanza para el Vicariato Apostólico de la Baja California.
Cada año había algo nuevo, en uno construimos la alberca con pico y pala, en otro una cancha de basket-ball, en otro ya dábamos catecismo en las nuevas inmensas colonias; a mí me tocó donde ahora es San José Obrero. Íbamos al Cementerio donde estaban sepultados nuestros compañeros del funesto accidente de la Cuesta del Tigre.

Tránsito a mejor vida.
Un año al pasar por el Cementerio cercano rumbo a la playa vimos que estaban sacando los huesos (ahora es ahí el Seguro Social) y los mayores pidieron un esqueleto dizque para clases de anatomía. Lo trataron de limpiar y desanimados le dieron cristiana sepultura debajo de la cancha de basket-ball (he oído rumores de que ahí asustan).
En Septiembre de 1964, pasando ya el Seminario de manos de los Misioneros del Espíritu Santo a manos del Clero Diocesano y bajo el Rectorado del P. Francisco Javier Esparza ya no hubo vacaciones en comunidad, sino Campos Misión, con todo lo positivo y negativo que eso conlleva en esa edad y con los lamentables resultados que el tiempo demostró.
Se terminó así esa gloriosa epopeya de iniciación a la vida consagrada del Seminario y mi estancia también en él para pasar al Colegio Urbano de Propaganda Fide en Roma.

9. Algo de la cuarta casa ya en Tijuana.

El terreno.
El Seminario Menor estaba en la Calle Décima y Ocampo (desde 1976 es el Mayor), contra esquina de uno de los edificios más antiguos que aún se conservan en Tijuana y que pertenecía a la Compañía de Luz de Tijuana y ostenta aún la fecha: 1937 en su fachada. Llegué a oír que en el lugar donde está el Seminario cultivaban lechugas.
Monseñor Felipe Torres construyó el Santuario de Nuestra Señora del Sagrado Corazón con permiso gubernamental de bodega y con la fachada hacia el atrio (está bien orientado con el Altar “ad Orientem”), y siempre exigiendo que toda Iglesia se dedicara a la Santísima Virgen, excepto la de la Colonia Independencia que es del Sagrado Corazón. Ya anteriormente había cambiado esa advocación en las ahora catedrales de Tijuana y Mexicali a la de Guadalupe. Había rumores de que ofrecían en venta el Jai-Alai para Iglesia por cuarenta y cinco mil dólares a Monseñor Torres y que no fue posible adquirirlo en aquellos tiempos.
Se hablaba de que anteriormente ese terreno abarcaba toda la media manzana que divide un callejón, pero que por necesidades económicas se tuvieron que vender los terrenos al frente de la calle Negrete y el de la esquina del mencionado callejón y Ocampo. En tiempos posteriores se vendía un edificio contiguo al actual atrio y no se pudo adquirir para el Obispado; todavía después se vendía un terreno en la calle Negrete y tampoco se pudo adquirir. Gracias a Dios se pudo comprar el que ocupa ahora el Edificio Salvatierra.

La construcción.
Se decía que el edificio en su parte central iba a ser el Hospital del Carmen, que estaban construyendo las Religiosas Carmelitas y que habían estado en la calle Ocho, entre Revolución y Constitución, a un lado de la Comandancia de policía, en una casa que perteneció al Doctor Aubanel y que también ostenta en el frente su fecha: 1915.
De ahí pasaron a un improvisado Hospital a la calle Primera y tenían la intención de tener ya su propio edificio en la calle Décima y Ocampo cuando en 1946 Monseñor Felipe Torres Hurtado MSpS les pidió lo cedieran para Seminario (en ese tiempo Mayor y Menor) y entonces ellas se fueron a donde están ahora en la Colonia Gabilondo Soler y construyeron el subterráneo de la actual Parroquia de Santa Teresa de Jesús.

10. La primera construcción al Norte.

El Santuario pro-catedral.
Iglesia enorme, cuadrada, ya con vitrales en las ventanas que de niño recuerdo con vidrio transparente. Viendo al Altar, “in cornu Evangelii”, al lado del Evangelio o sea al Norte estaba la Cátedra del Obispo con su baldaquino.
Las Misas Pontificales de Navidad, Año Nuevo, Pascua, Pentecostés, la Asunción eran algo que nunca se va a volver a ver en nuestras vidas: coro polifónico de niños y de todo el Seminario Mayor y Menor dirigido por el entonces profesor, ahora padre, Carlos Mayorga con música de Perosi, Mozart y otros grandes, multitudes que llenaban el atrio y la calle, alegría que nos arrobaba hasta el Cielo.
En Semana Santa el Jueves en la Consagración de los Santos Óleos cada párroco venido de lejos y de cerca (eran muy pocos) cantaba tres veces haciendo tres genuflexiones y cada vez en tono más alto: “Ave, Sanctum Óleum, Ave, Sanctum Chrisma” y nosotros ya de acólitos con los Diáconos de Misa, Diáconos de Honor, Presbítero Asistente, ya de caudatarios con la larga capa episcopal que siempre llevaba el futuro padre Zenén Rodríguez, ahora ya enfermo en Mexicali, ya cantando a toda voz, veíamos con admiración nuestro futuro en el Altar.

Las Celdas.
Paralelo al Santuario estaba un edificio de dos pisos donde está viendo al patio interno la imagen de mármol de la Santísima Virgen María que fue adquirida (junto con la otra que está en el atrio de la Iglesia de Nuestra Señora del Sagrado Corazón) por iniciativa del padre, entonces seminarista, Guillermo González.
En esa ala del edificio en el segundo piso estaba en nuestro tiempo la sencilla y pobre (no hacía falta que nos lo dijera, pero qué bueno que lo dice, Papa Francisco) celda, así se traduce cella, del Señor Obispo, del padre Pro-vicario General, Gregorio Alfaro y de otros dos sacerdotes, con puertas que daban a un corredor sin techo y con barandal de fierro mirando hacia el Templo que fungía Pro-catedral.
Eran cuartos sencillos, como construidos de prisa y el primero daba impresión de haber sido capilla por una especie de cortinero en arco en la pared Este. Se decía que ahí el padre Alfaro por penitencia y para pensar en la muerte dormía en un cajón de tablas como ataúd, hasta que Monseñor Torres se lo prohibió.

La Curia del Vicariato.
Al fondo hacia el Este en el frente de la calle Ocampo había en ese segundo piso dos oficinas, una contigua a la Iglesia y que comunicaba con ella por uno de los vitrales para poder hacer oración desde ahí mirando el Tabernáculo: ahí despachaba y nos confesaba el padre Alfaro.
Siempre se levantaba a las cuatro de la mañana, hacía su oración y venían por él para llevarlo a Misa de cinco a la Casa de Cuna en la Colonia Gabilondo (le decían El Hoyo), y de ahí lo llevaban a la Iglesia del Sagrado Corazón a la Colonia Independencia a Misa de seis, y luego a desayunar su idéntico menú de toda la vida al Seminario.
Era un Santo metódico: lo llevaban luego al Seminario Mayor a clases o atendía sus asuntos de Vicario General, al rato daba su paseo que era ir al Correo distante una cuadra, donde a todos los empleados inscribió en la Adoración Nocturna; de ahí la Visita al Santísimo en nuestra Capilla donde lo escuchábamos en latín decir “miserere mihi, Dómine”.
Diariamente confesaba por las tardes a los seminaristas y en vísperas de Viernes Primeros junto con el Señor Obispo y todos los Superiores duraba confesando a veces hasta la madrugada.
Había fervor en Tijuana y se llenaban las iglesias para la Comunión de los Nueve Viernes. Siempre tratándose de rumores hay uno de que al abrir su tumba estaba incorrupto y que de todos modos lo incineraron, pero son únicamente rumores y tal vez malignos.

La oficina de Monseñor Galindo.
Unida a la del padre Alfaro estaba la oficina del Señor Obispo: el piso era de madera y lo mismo la plataforma y la estrecha escalera que bajaba al corredor de la Sacristía. Monseñor Galindo tenía ahí su biblioteca personal con libros buenos que pude hojear los años en que me tocó hacer ahí la limpieza.
Era todo un caballero de finos modales y amplia erudición. Madrugaba y tenía la primera Misa en el Santuario a las cinco y media, Misa episcopal con cojín y reclinatorio para prepararse ya en el Altar y lo mismo para dar gracias, con el Libro del Canon y con la Comunión en que antes de comulgar se besaba su anillo pastoral. Celebraba a esa hora para las Madres Carmelitas del Colegio Progreso y algunos madrugadores. Luego seguían otras tres Misas: 6:30, 7:30 y 8:30 todos los días, aparte las Misas especiales. Gracias a Dios me tocó ayudar en Sacristía largo tiempo.
Recibía en el segundo recibidor, un poco más elegante que el primero. En éste luego se hizo como una caseta para el portero y telefonista, que un tiempo fue el ahora Señor Cura Don Alfonso López Mena. Recuerdo que varias veces amenazaron al Señor Obispo y una noche tuvimos que velar en la torre del campanario por si había peligro de alguna bomba.
Se retiró a Ciudad Guzmán con sus familiares y ahí celebró sus bodas de plata sacerdotales en 1971, a las cuales tuve la dicha de asistir. Luego regresó a Tijuana y estuvo en el Hospital del Carmen hasta su muerte. Pude cargar su féretro para enterrarlo en Bautisterio de Catedral.

Las Oblatas de Jesús Sacerdote.
En ese corredor había un pequeño atrio que comunicaba Sacristía, Iglesia, Seminario y la división de Clausura de las Oblatas de Jesús Sacerdote, religiosas que nos atendían. Esas Madres lavaban la ropa de los seminaristas que no tenían familia en Tijuana y nos hacían de comer. No se encargaban de la Sacristía sino solamente en cuanto a los lienzos y ornamentos sagrados, lo demás corría por cuenta de nosotros los seminaristas.
El Convento de las Madres tenía la entrada por el Patio externo del Seminario a la sombra de buganvilias y yedras, con su Capilla entrando a la derecha, su salón de clases (pegado al Bautisterio externo de la Iglesia), donde mi madre venía durante mi larga estancia en Roma a darles clase y al final llegaba Monseñor Galindo a tomar con ellas el chocolate de media tarde.
Lo demás fue siempre clausura y el único que entraba en nuestros tiempos era el seminarista Jesús De La Torre (abuelo feliz ahora en Carson City) a arreglar la caldera y las máquinas de planchar y lavadoras.
Quisimos mucho a esas ejemplares Religiosas, fundadas por el Ven. Padre Félix de Jesús Rougier, que tuvieron que abandonar el Seminario cuando comenzaron a soplar otros vientos. Ahora heroicamente están las Oblatas de Santa Marta, fundadas por Monseñor Felipe Torres.

11. La calle Ocampo.

Los Seminaristas Mayores daban catecismo, no los Menores.
Unos años mi familia vivió en una privada entre la calle Pío Pico y Ocampo y en el Santuario recibieron la Primera Comunión mis dos hermanos mayores preparados por el seminarista Alfonso Chee Fimbres antes de que se fuera a Roma.
Recuerdo que íbamos multitud de niños al Catecismo e inundábamos la Iglesia y las canchas deportivas y ahí con los boletos que nos daban teníamos acceso a funciones de cine en el frontón. Las Madres nos vendían recortes de hostias, pues ellas las fabricaban.

Había Misas de niños.
La Misa dominical de los niños a las nueve estaba repleta a reventar y me acuerdo que siempre un Hermano Misionero del Espíritu Santo nos la explicaba. Era yo muy pequeño y recuerdo que había bancas nuevecitas, y llegué a morderlas, enchilosas y por ahí ha de estar todavía la marca.
Creo que el catecismo lo daban los Seminaristas Mayores. No tengo recuerdos de que en nuestros tiempos nosotros diéramos catecismo, pero sí había señoritas catequistas de muchos años atrás. Nosotros los Sábados por la mañana y tarde teníamos clases como ya dije. Vivíamos la clausura en recogimiento y el apostolado y la vida pastoral esperaban a su debido tiempo su turno.

Los Superiores.
El lado Este o de la calle Ocampo en la planta baja era la Entrada y Portería, dos amplios Recibidores con puertas de vidrio de arriba abajo, la Editorial de la Revista Espadaña, revista nuestra, y ahí mismo el Economato, la tiendita interna, y en la esquina Sur la Sala de Profesores.
En el segundo piso de la calle Ocampo estaba un pequeño cuarto, que ocupó en nuestros años el Seminarista de mayor edad, pero que estaba en el Seminario Menor, Julián Rubalcaba; atrás el espacio era ocupado por un baño del siguiente cuarto que tenía divisiones para los Fréres, seguía otro salón también dividido, luego la enfermería.

Los enfermos.
Cuando enfermábamos los Fréres se encargaban de llevarnos al médico o al Hospital del Carmen o al de San Francisco (el del Sagrado Corazón estaba en construcción). En la convalecencia estábamos en nuestro respectivo dormitorio y había encargados de los enfermos entre nuestros compañeros más responsables.
Recuerdo unos quince días de fiebre que requirieron alimentación especial que por casi un mes a diario me traía mi tío Armando de mi casa en fuentes abundantes para poder participar. Mi mamá siempre se preocupaba cuando había visita de traer pan dulce y el último año nos hizo Cotas para los más grandes.
El ambiente familiar del Seminario nos hacía confiar en que, pasara lo que pasara, los Superiores se encargarían de nosotros. ¡Ojalá que nunca falte este espíritu en el Seminario!

La Vice-Rectoría.
Seguía la celda del padre Vicerrector, Padre Pedro Vera Olvera MSpS (el Rector era el Vicario Apostólico) y después el Padre Juan Manuel Gutiérrez MSpS, con su nutrida biblioteca. Ahí también me tocó mucho tiempo hacer la limpieza y admiraba los libros de la Colección Aguilar completos en papel delgado.
Recuerdo que los Domingos cuando me tocó ser Colector de la limosna, ahí le depositábamos una canasta con la poca moneda nacional que caía, para los gastos del Santuario; todo el dólar era para el Economato del Seminario.
A la salida de su celda estaba un armario con puertas de vidrio con una formidable colección de libros sobre la Santísima Virgen María que administraba la Congregación Mariana.

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